Durante los siguientes 8..20 segundos, cada vez que el objetivo usa una habilidad, el espíritu rencoroso hace 5..35 de daño de sombra a este enemigo y todos los adyacentes.

Gilles Delacroix fue, en vida, un aristócrata.

Nacido a finales del siglo XVIII en el seno de una familia adinerada de la región de Burdeos, el joven Gilles creció rodeado de lujo en la mansión familiar. Su padre, monsieur Jaques Delacroix, un prestigioso y próspero viticultor, quería que su hijo continuase la tradición familiar y se dedicara a la explotación de sus viñedos. Pero Gilles tenía otros planes.

El joven Delacroix se había enamorado secretamente de Fabienne Deveraux, la primogénita de una familia de Avignon, y, como cualquier joven de la época, estaba dispuesto a renunciar a todo su futuro con tal de permanecer junto a su amada. Una noche empaquetó sus más preciadas pertenencias y, disfrazado como un sirviente, huyó de su casa.

Gilles y Fabienne vivieron un romance tan intenso como breve. En cuanto el padre de la joven tuvo noticias de la fuga de su hija, ordenó que se la trajeran de vuelta a cualquier precio, y que asesinaran al villano que había osado mancillar su honor. Cazados como animales, la joven pareja se vio obligada a huir de la región, perseguidos por los matones de la familia Deveraux. La persecución duró semanas, y tuvo un final trágico cuando Fabienne, consciente de que jamás podrían ser libres, se suicidó clavándose un puñal en el pecho. El joven Gilles fue arrastrado, aullando y medio loco de dolor, hasta el chateau Deveraux, donde fue encerrado en los sótanos del castillo.

Mientras tanto, monsieur Delacroix, ajeno al destino de su hijo, se desesperaba sin recibir noticias de los correos que había enviado en busca de su hijo. Pero la venganza de monsieur Deveraux no se hizo esperar: valiéndose de sus contactos con el clero y la monarquía, el padre de Fabienne orquestó una farsa que inculpara a lady Delacroix de brujería. Fue quemada viva en el patio del chateau Delacroix, bajo la desesperada mirada de su marido, atado de pies y manos con pesados grilletes.

Jaques Delacroix no tuvo un futuro mucho más feliz que su esposa. El Santo Oficio le condenó por tener trato carnal con una bruja, y a la noche siguiente le arrancaron los ojos y la lengua, expulsándole de sus propiedades y condenándole a vagar sin rumbo en espera de la muerte.

A punto de consumar su venganza, monsieur Deveraux volvió su interés hacia el único heredero de los Delacroix. Gilles había permanecido encerrado y a oscuras los dos largos meses que habían transcurrido desde su captura hasta la muerte de su madre. Había estado ciego, muerto de hambre y enfermo de dolor, pero ni por asomo estuvo solo.

En la oscuridad de su celda, en esa negrura húmeda y opresiva, Gilles Delacroix selló un pacto oscuro con Grenth. Abrazó las enseñanzas del dios de la muerte y se convirtió en un nigromante.

Cuando monsieur Deveraux abrió él mismo la puerta, saboreando ya el clímax de su venganza, Gilles se hallaba erguido en toda su majestad en el centro de la celda, ataviado con una armadura que relucía con un rojizo fulgor impío, y empuñando un báculo que se retorcía sobre su mano.

Su cara, convertida ahora en una máscara sombría, se hallaba cruzada por una cicatriz. La marca de Grenth. Monsieur Deveraux ordenó a sus guardias que lo prendieran y lo llevaran al patio, donde sería ajusticiado, pero las manos de los guardias nunca llegaron a tocar al joven Gilles. Unos miembros esqueléticos surgieron del suelo y los sujetaron, mientras, con un movimiento del báculo y un susurro, los guardias comenzaron a pudrirse a ojos vista ante la aterrada mirada de monsieur Deveraux, quien huyó despavorido.

Gilles tardó quince minutos en llegar de la celda a la puerta del chateau. Para cuando llegó allí, sus cincuenta habitantes habían muerto de formas horribles, sufriendo y gritando como animales degollados. Gilles, imperturbable, siguió su camino sin dedicarles más atención que el susurro de un hechizo.

Lo último que se supo de Gilles Delacroix es lo que pudo narrar el único guardia superviviente, a quien el joven dejó con vida para que relatara lo ocurrido. Gilles se internó en el bosque rodeado de un fulgor fantasmagórico, una fosforescencia verdosa sobrenatural. El guardia alcanzó a ver una forma enorme, una especie de encapuchado con una túnica que le cubría de pies a cabeza, que salió al paso del joven nigromante. El encapuchado abrió sus ropajes, revelando una negrura absoluta hacia la que Gilles avanzó… desapareciendo en el acto.

La alta figura encapuchada, dirigiendo sus ojos al joven guardia, pareció hablarle dentro de su mente un instante antes de que éste se desmayara de puro terror.

Sus habilidades son necesarias en otro lugar

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